Este verano no íbamos a ir a Altea; no era la primera opción. Pero al final acabamos pasando allí unos días y fueron perfectos. Es cierto que no tiene la típica playa de arena fina, pero resulta más natural y salvaje que muchas otras. Y su casco antiguo es encantador. Callejuelas de casas blancas, calles empedradas, una iglesia con cúpula azul en medio de una plaza llena de vida, un mirador desde el que contemplar la costa y hacer mil fotos, reales e imaginarias en las que recrearse durante el invierno…
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